viernes, 21 de noviembre de 2014

Reflexiones poéticas

                                                                  
                                                               pintura

              El destino. ¿Cuando -me pregunto ahora-, llegó la poesía a mi vida? Yo vivía “en la ciudad de los lagartos venenosos”, como gusta de llamar a mi ciudad, Concepción del Nuevo Extremo, el poeta Gonzalo Rojas. Algo extremo debe haber venido sucediendo allí desde hace mucho tiempo, para que el poeta  de “La miseria del Hombre”, se refiera de ese modo a una ciudad en la que no hay lagartos. Veneno si, ríos de veneno, lagos de veneno, océanos de veneno. Colibris también, los colibris liban en mi ciudad el dulce veneno y luego mueren bajo las buganbilias. Un colibrí muerto bajo las bugambilias se parece, eso sí, a un lagarto venenoso. Todo el mundo sabe que el color verde es venenoso. No digo más. Yo vivía en una casa de ladrillos rojos, en  lo alto de una pequeña colina rodeada de árboles. En ese lugar pasé toda mi infancia y adolescencia, por las noches contemplaba a lo lejos  la luces de la ciudad que se extendían por el valle. Mi ciudad, la ciudad de la que hablo, se levanta en la zona mas austral del mundo, en el corazón de la araucanía, en el extremo de la Tierra. Los inviernos allí son largos y fríos por eso que no hay lagartos. Llueve, y cuando deja de llover vuelve a llover eternamente. Una noche yo vi desde mi casa un verso de Saint John Perse: “Perdiéndose en los ángulos de las terrazas una reyerta de relámpagos” Lo que se ve,se ve aunque uno sea ciego. Los relámpagos, el instante de la iluminación, lo que hace levantar la vista al cielo. Luego la contemplación de las estrellas fue para mí el más alto amor, nada me conmovía tanto, nada tampoco me desplazaba fuera de mí como habitar cada noche el  misterioso  inalcanzable de la Cruz del Sur. Una debería de creer que fue entonces cuando cambié de casa, pero una sabe que la otra casa, la de huéspedes que es la de la poesía, no es casa para estar, sino casa para ser, y yo no era lagarto venenoso sino colibrí en las bugambilias.
      Así comienzan a ocurrir las cosas, las que ocurren y las que nunca suceden pero que una vive tal como si hubieran sucedido. Luego ocurrió el suceso del violín de mi madre, que era como un enorme colibrí de madera. Los sábados de otoño, al atardecer, pasaban  los evangelistas con sus acordeones, y algo sobrenatural sucedía súbitamente en mi mundo: mientras el predicador hablaba al vacío con su altavoz de latón en la mano, se abría en el cielo gris una grieta y del lejano azul brotaba la geometría del Arco iris. Algún día alguien tendrá que poner nombre a esas cosas. Acaso la palabra inocencia y la palabra humildad estén a gusto a su lado. Tal vez esa gente que aún hoy recorre las calles y los caminos mojados de los que no tienen patria en este mundo, los que le cantan a un dios que nunca han visto y predican en cada esquina de la pobreza la redención de su derecho a no tener hambre, absortos en su mínima iluminación despreciada por los grandes reflectores del saber, tampoco se sientan a disgusto sentados a la mesa de la poesía.

      La poesía, la poesía vivía para mí en los suburbios, en las zonas de peligro de mi realidad, te nombraré pobreza, te nombraré casa de madera, humo de carbón,  pan sin nada. Yo ya no vivía en una  casa sobre la colina, sino en una casa sobre las nubes. Interpreto la cábala de mis días, oigo el bullicio de los mercados, veo el color de las frutas, toco la papaya amarilla y el durazno fragante. Ahora el agua hervida sabe a llantén y a boldo, a cedrón y bailahuen, saben a agüita de luna los días en que una niña comienza a ser mujer.
   He contemplado mi vida contemplando la vida de otros, lo ajeno empezó a conmoverme como única realidad de lo propio. Entonces yo todavía no suponía que era la poesía el hilo que me vinculaba con la apariencia de lo distante. La vida otra, no la otra vida, la vida vida, la que anda por la calle pareciéndose a nosotros, en su humildad y grandeza, en la precariedad y en el gozo.
  Yo no podría decir con Rimbaud: “Una noche senté a la Belleza en mis rodillas.- Y la encontré amarga.- Y la injurié”. No, yo levante una noche los ojos hacia las estrellas, y las encontré hermosas, y las alabé. Ahora la belleza está sentada sobre mis rodillas en los libros que leo, en las calles de tinta que atraviesan la patria de papel de Jean Nicolas Arthur el vidente. Los libros en que una vida que no es mi vida enaltece la probabilidad de bien de mi persona: el arte como salvación, la poesía como indulto ante la intemperie.
       Pasé una temporada en el infierno. Rimbaud  fue el primer poeta que leí,el primero que conocí, a pesar de que el inmenso bosque de Neruda que echaba hasta en el aire sus raíces. Pero el poeta maldito llegó antes a mi adolescencia, entró sin llamar, obligatorio, persuasivo, seductor en la voz del profesor en las aulas del Liceo Francés. No diré una palabra más sobre ese hermoso canalla que me cambió con vehemencia la vida. “El dice: No amo a las mujeres. Hay que reinventar el amor, ya se sabe”. Yo no lo sabía, así que demasiada suerte la promiscuidad! Tras él llegó el elegante Perse, Alexis St. Léger Léger:  Saint John Perse, la celebración del mar, la inteligencia de los vientos y los pájaros, el mundo como texto de una patria universal, el vaticinio, la definitiva hasta hoy mano del poeta.

            Quiero recordar también al Gran Meaulnes, el enigmático personaje de la novela de Alain Fournier, a él debo el color gris de la melancolía, el amor por los muchachos extraños que tienen un secreto que nunca descubrirá nadie y que los hace preciosos a mi corazón, sentados en el último pupitre de una escuela de provincias. Ellos, los que conocen el árbol donde hace su nido el ángel de los enigmas, los que coleccionan palabras mágicas que cambian la vida.  Mi Gran Meaulnes, vestido de negro, bajando de la colina de mi casa por la cuesta que conduce al lugar de los sueños.  Tan alto como él era Nicanor Parra, el hermano de Violeta, que apareció también muy pronto en los frecuentes relatos de infancia de mi padre, compañero de estudio de ambos en el Liceo de Chillan. Nicanor y Violeta Parra fueron pronto presencias fervorosas en la memoria familiar El vínculo con mis antepasados campesinos, la tradición popular, el mundo rural de la leyendas, el habla mágica de los payadores, el sencillo cosmos de las arpilleras bordadas con los estambres de la necesidad de hacer más hermosa la realidad del mundo, de conjurar la miseria con guitarras y pájaros de colores, abrió ante mi el universo imaginario y posible del arte. Comencé a pintar, e intenté a parecerme a aquello que le gustaba a mi alma.
     Ha pasado el tiempo, he hablado de la cábala, de los colibris, de la dulce Violeta Parra. Tal vez haya hablado demasiado de mí, así que ahora diré algo sobre Emily. Emily es el aliento que siento cerca de mi cuando escribo. Emily es el el aire que respiro cuando me asfixio. Si la poesía no se llamase poesía, la poesía se haría llamar Emily Dickinson.Fragmentos,poemas inacabados, una ruta directamente hacia ninguna parte. ¿Acaso no sería esta una hermosa invitación? Eso es todo lo que tenía que decir sobre Emily, dios me perdone.
        Si el poeta es el que oye, el poeta debe hablar de oídas, es decir, de lo oído, no de lo leído, sino de lo oído en lo leído. Gonzalo Rojas lo advierte al inicio de uno de sus libros antológicos, dedicándose “no al lector, sino al oyente”. Leer, lo que se dice leer, todos hemos leído mucho; ahora bien, oír, lo que se dice oír...
     Creo que cuando leemos a un poeta si no lo oímos es que su voz no existe. Puede haber literatura, puede haber arquitectura de palabras, puede, cómo no, haber en él originalidad crítica, paisaje de buena voluntad, partituras de música, raras especies lingüísticas, inalcanzables emociones semánticas, pero no se oye, no oímos su silencio, su secreto a voces, su, como diría un poeta más que amigo, “su voz sin boca”.
     Yo oí, por primera vez hace diez años, al desde entonces ya eterno Rafael Pérez Estrada, él fue para mí el encantamiento, la fe en la alegría, la generosidad de los que hacen de la siempre aplazada utopía una realidad cotidiana. Y la poesía era entonces eso,anticipación del paraíso,el más absoluto principio de bien que puede acompañarnos.
   Oí también otra tristeza, la voz de Antonio Gamoneda enfrentada al vacío, discutiéndole a la muerte su derecho al frío, venciendo su temor con la palabra, descifrándola hasta hacerla inocua. Desde entonces tengo menos miedo.
     Mi vida ha transcurrido entre antepasados. Mi padre es indisoluble de un tomo de cuentos de Chejov que me regaló a los diecisiete. Con él puso en mis manos a una multitud anónima con la que comparto el destino de la condición humana. Nadie vuelve a ser la misma después de leer a Chejov, nadie soporta de igual manera el tiempo después de demorarse en Proust.

                                                                                                         Alexandra Domínguez



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