miércoles, 30 de septiembre de 2015

Cartografía de los desconocido




CARTOGRAFIA DE LO DESCONOCIDO




Escribió el poeta René Char que un poeta debe dejar huellas y no pruebas, porque solo las huellas nos hacen soñar. He seguido el rastro sigiloso de ese pensamiento toda mi vida, y por ese camino, más cerca del trabajo concebido como el oficio de una delicada pasión  que el de una razonada declaración de principios, han salido al inspirado viaje de lo incierto mis grabados, pinturas y poemas. La búsqueda de un rastro, el hallazgo desconocido de una estética que devenga en conducta e ilumine, aún en su leve precariedad, la conciencia. Creer en la belleza podría ser seguir apostando por los lenguajes del porvenir, adelantarse para encontrarnos en él un lugar futuro, un espacio que por misterioso también lo sea en su cualidad de inquietante y acaso, hasta conmovedor.

   Creo que todo artista ha de asumir algún desafío por humilde que este sea con la imaginación de lo infinito. No existe mayor razón que justifique la ética del presente que su multiplicación en las estéticas del porvenir. He asumido el desconocer, el  ignorar ciertos discursos de saber como resistencia a la voluntad objetiva del conocimiento artístico. Mi acercamiento es la visión, el desafío de lo real desde la construcción de otro imaginario del mundo. Mi necesidad, en términos de desafío a la carencia, sigue siendo como desde un principio, lo desconocido, el deseo de lo desconocido, la mirada capaz de inventar un mapa espiritual para aquellos que en el aire, aún vagan sin tener la casa de sus revelaciones, la dignidad de sus conjuros, la aplazada deuda de su felicidad sobre la Tierra.

Buen sitio es un papel para quedarse a falta de otro lugar donde levantar su conciencia utópica los seres humanos. Bastaría que estas telas, estos papeles, fuesen una sencilla casa de huéspedes, un punto de luz alejado de las cartografías del mal. Hablo de mundos, pero hablo de enigmas, de paisajes invisibles, de nómades que cruzan  desiertos íntimos, de rastreadores de huellas, de aquellos que por todo equipaje no llevan otra cosa que la intemperie de su propia alma, el hospitalario don de renunciar a ejercer su autoridad artística sobre los demás para devenir en otro, otro diferente que yo cuya razón de ser es mi propia conciencia.



Dibujo piedras, grabo su sombra. Dibujo sombras, oigo el zumbido de sus partículas elementales alrededor del cero de la nada. Nada más barroco que el aire, nada más sencillo que la cima de las emociones humanas, un mismo destino para lo efímero, un mismo hogar para las palabras dibujadas que oyen los ojos cerrados de los antepasados. Cosas pequeñas, animales que silban en el bosque. A mis grabados ha traído prestado el poeta sus símbolos, un desconocido ha dejado en mi puerta una cuchara de azúcar, el sabio me ha rozado con la superstición, el navegante me ha convidado a su mito. No es gran herencia lo inútil cuando se convierte en lo imprescindible. Habría de llamarlo memoria, pero lo llamaré poesía en forma de rosa como el amado Pasolini.

Hago arquitecturas con los palitos que deja el temporal en las veredas del corazón. Hago líneas que no están rectas porque desobedecer debe seguir siendo una manera elegante de protegerse del autoritarismo. Hago manchas como pan amasado por las pobladoras de la Cruz del Sur. Pinto como quien se abraza a un desaparecido. Lo demás, siempre habrá tiempo de contarlo cuando el tiempo y este ruido acabe.

El color, he pensado alguna vez, es la ilusión de un recolector de mitos. En cierta forma puede que no sea más que el oficio del mar el oficio del azul, ni otro que el rojo el oficio de las manzanas, como no es el negro sino para la unánime dimensión de la muerte. Lo trágico no es el ocre amarillo que perdura desde los ritos del hombre de las cavernas iluminando a las civilizaciones del arco iris, lo trágico es la ausencia de la luz y la penumbra de las épocas de sus sucesores. Pongo color donde esta lo sagrado, pigmento donde resucitará la ceniza. Tengo la misma fe en el verde que en los árboles, semejante alianza con la vibración mágica de la obsidiana y el negro. Manías elegidas en el cultivo de la contemplación. Semillas que echan sus raíces en el sueño.

Mi sueño es el sueño de tu sueño. Se cree o no se cree. Yo creo. Creo que ennoblece mirar las estrellas, mirar la estrella que cada uno lleva para conjurar los peligros en la frente, las estrellas que quitan la sed y nos prestan a veces el amor, las estrellas rojas, las estrellas amarillas, las estrellas que se acercan de puntillas a los ojos del astrónomo Rosamel. Basta con su luz para ver el punzón sobre la plancha, para mezclar las tintas, para diferenciar el barro del dolor de los pigmentos de la felicidad. Nada original, en eso mismo anduvieron los antiguos persas, los mayas con el guacamayo al hombro, los recolectores de piñones en las fronteras de la nieve.

Huellas. Diecisiete años de huellas para volver al mismo sitio que ya nunca será el mismo sitio. Telas que ahora colgarán en los muro en homenaje a Violeta Parra que duerme a dos pasos de mi padre bajo la lluvia. Papeles que podrían ser cometas, volantines alzándose hacia la más transparente de las memorias: la cartografía de los ángeles ciudadanos, sus ojos invisibles que cuidan las huellas del mundo.



                                                                              ALEXANDRA DOMÍNGUEZ

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