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lunes, 1 de junio de 2020
Buenos días memoria
BUENOS DÍAS MEMORIA
De las horas perdidas junto a una taza de té,
de las horas soñadas junto al Gran Meaulnes,
cuando las manos de los poetas eran dos aviones de hélice
y la hija del jardinero llamaba Rimbaud a una oruga.
Buenos días memoria de los espejos borrados
palabras para decir siete cosas con los labios verdes :
querido foulard de niebla, miel con pájaro.
Buenos días aroma de la hierba cortada, puentes del otoño,
caballos con niñas vietnamitas por el cielo de París.
De las horas pasadas junto a Proust,
de las lentas horas escuchando a Moustaki,
cuando brillaban en el tocadiscos los girasoles negros
y era el corazón un barco ebrio hecho de papel.
La vida nunca es fácil, ser feliz, anochecer,
la cigüeña marca las seis en su campaña,
en las veletas del Oeste octubre va a llover.
Buenos días memoria de las cosas más sencillas,
los ojos de mi gatos, su acordeón y él.
Alexandra Domínguez / La conquista del aire
lunes, 23 de noviembre de 2015
Poema La metamorfosis de Ibzni Alahuá
Estas manos que ahora me ofrecen collares, coral ensartado en cuero,
estas manos con cuentas de cristal pulido,
gotas de sal azul y sangre de paloma, esos lagartos verdes
de malaquita, de ganas de llorar, de que hago yo aquí en Berlín
comprando lo que solo un dios puede vender, escarabajos de
obsidiana vivos, caracoles blancos del Mar Muerto.
Estas manos con sortijas de cobre, esos dedos de araña sagrada,
domaron caballos en Asia, llenaron un cántaro en el Eufrates,
guiaron caravanas nómadas por el vastos territorio de la noche.
Estas manos de Berlín, las manos de un hombre que está solo,
construyeron templos, dieron agua del Tigris a los camellos,
ordeñaron cabras.
El padre del padre de este hombre nació en Tiro, el abuelo
del padre del padre de este hombre cultivó trigo en Palestina,
intercambió pan por aceite a los hebreos, plata por alcohol a los fenicios.
Estas manos del descendiente asirio que habló con las estrellas,
este primo de Abraham que sobrevivió a la zarza, al Corán, al humo,
este emigrante sin papeles, el bello ilegal tras el mostrador del aire,
el remoto nieto de los que promulgaron las primeras leyes,
el código de Hammurabi, la antigüedad de las estelas de los astros,
el derecho que tiene a brillar cualquier hombre.
Las manos de ese hombre que me ofrece un collar de cedro,
un alfiler con pez, unos pendientes con la estrella fugaz de los desiertos,
el árabe en la pensión del árabe, el hombre del bigote negro,
el hombre de los ojos negros bajo el cielo negro de Berlín.
Alexandra Domínguez libro La conquista del aire 2000
lunes, 26 de octubre de 2015
Poética
Acuarela de Juan Carlos Mestre
Hay un mito que sostiene que la poesía
chilena estaría fundada en esa paradójica dialéctica entre la hermosura y el
trauma, la belleza tantas veces terrible de una geografía que roza la
revelación de lo alto, a través del secreto y las fuerzas telúricas. Ello te
obliga a permanecer siempre en lo mismo de lo mismo, y quizás por eso a leer a
escribir lo innombrable en una intensa soledad, con un sentimiento de fuga,
pero a la vez de constante regreso a un país construido con el resto de todas
las palabras, la desobediencia de todos los lenguajes.
La poesía me devuelve a un lugar mítico,
donde vagan libremente todas las revelaciones, todos los enigmas de los grandes
poetas chilenos, que le arrancaron palabras al vacío para forjar la identidad y
conciencia de un pueblo. Al regresar poéticamente me abrazo al huidizo desierto
de Atacama, al persistente Sur, a las piedras de Chile, al pan amasado por las
pobladoras de la Cruz del Sur, sintiendo a mis espaldas la amorosa presencia de
los antepasados reales e imaginarios, personales, colectivos y literarios. Pero
lo hago como una extranjera, una viajera en tránsito, intentando poblar la
distancia que me separa del origen con las voces colectivas que me unen y son
parte de mí, después de haber recorrido otros mundos, escuchado otras voces.
Alexandra Domínguez
viernes, 16 de octubre de 2015
Poética
Pintura sobre papel
POÉTICA
¿Pero
hacia dónde? ¿Hacia qué intemperie o casa va la mujer, el hombre, la realidad
sin género de su aptitud de habla?
Lo ignoro. Sigo pensando en ello. Pero tal vez sean los poetas, los que
desconstruyen como el cabalista las palabras, quienes me hayan mostrado
finalmente el principio. No vamos a otra parte que no sea hacia nosotros
mismos. Detrás de todos los sentidos de lo oculto lo que significa es la idea
de lo que en cada palabra existe. No sé si una verdad superior, pero si una
cualidad de verdad, una misteriosa, imprescindible por inalcanzable voluntad de
redención, un lugar sin tiempo donde la conciencia del pasado es anticipación
de las palabras del futuro. Para el poeta adentrarse en la escritura es salirse
de la normativa de los significados, hacer significante el azar, concebir lo
que se bifurca como constante dirección del camino, laberinto que deviene en
laberinto, salida que conduce a la entrada donde se encuentra, nuevo, intacto,
otra vez el secreto. Mas no se trata de algo encerrado, sino más bien de un
secreto con todas las puertas abiertas, en el que no está reservado el derecho
de admisión, pues él, el conocimiento humano es en si mismo un derecho natural de la condición de
persona.
Esto que digo, este camino que
he tomado para explicarme está lleno de obstáculos. Yo no puedo ante sus
impedimentos. Nombro el paisaje que rodea mi cabeza, levanto su mapa, señalo en
él lo áspero y amable de mis sentimientos al recorrerlo, mas no sé de qué
materia es la materia de lo que a lo lejos brilla, de qué tierra humilde, de
qué arcilla noble, mi condición de mujer que escribe versos. Ahí está la
imaginación, ahí también los símbolos y mitos, ahí los sagrados alimentos de
cuantos me han ido iluminando con su linterna de palabras mi pequeño camino.
Al reflexionar sobre ello he creído entender que la poesía no es solo un
acto de escritura, mas aún, que la poesía existe antes que la escritura. La
poesía como un acto previo de la conciencia, un acto de revelación cuyo suceso
acahece inherentemente a todo aquél que se adentra, por voluntad o extravío, en su lugar moral, y es
allí donde adquieren identidad, y allí también donde su personalidad de habla,
su relación con el mundo, su otredad, su pasión precaria, su temor ontológico,
son, no razón real de su ser, sino virtual conciencia poética.
Algunos poetas escriben para aprehender, otros para desprenderse, el
intento es el mismo, la palabra es extraña, misteriosa en ambos, igual de
sobrecogedora la ilusión de su vida enfrentada a los enigmas de la muerte,
igual de perecedero su amor ante la duración de la vida. Pero basta aquí
también una palabra para salvarlos, la
iluminación de alguna palabra de verdad, esa verdad ante la que cada
poeta intenta emplazarnos, esa verdad que dignifica la condición humana cuando
lo más propio de nosotros, la palabra, es compasiva y clemente, con la
construcción de nuestro destino.
Alexandra Domínguez
miércoles, 30 de septiembre de 2015
Cartografía de los desconocido
CARTOGRAFIA DE LO DESCONOCIDO
Escribió el poeta René Char que un poeta
debe dejar huellas y no pruebas, porque solo las huellas nos hacen soñar. He
seguido el rastro sigiloso de ese pensamiento toda mi vida, y por ese camino,
más cerca del trabajo concebido como el oficio de una delicada pasión que el de una razonada declaración de
principios, han salido al inspirado viaje de lo incierto mis grabados, pinturas
y poemas. La búsqueda de un rastro, el hallazgo desconocido de una estética que
devenga en conducta e ilumine, aún en su leve precariedad, la conciencia. Creer
en la belleza podría ser seguir apostando por los lenguajes del porvenir,
adelantarse para encontrarnos en él un lugar futuro, un espacio que por
misterioso también lo sea en su cualidad de inquietante y acaso, hasta conmovedor.
Creo que todo artista ha de
asumir algún desafío por humilde que este sea con la imaginación de lo
infinito. No existe mayor razón que justifique la ética del presente que su
multiplicación en las estéticas del porvenir. He asumido el desconocer, el ignorar ciertos discursos de saber como
resistencia a la voluntad objetiva del conocimiento artístico. Mi acercamiento
es la visión, el desafío de lo real desde la construcción de otro imaginario
del mundo. Mi necesidad, en términos de desafío a la carencia, sigue siendo
como desde un principio, lo desconocido, el deseo de lo desconocido, la mirada
capaz de inventar un mapa espiritual para aquellos que en el aire, aún vagan
sin tener la casa de sus revelaciones, la dignidad de sus conjuros, la aplazada
deuda de su felicidad sobre la Tierra.
Buen sitio es un
papel para quedarse a falta de otro lugar donde levantar su conciencia utópica
los seres humanos. Bastaría que estas telas, estos papeles, fuesen una sencilla
casa de huéspedes, un punto de luz alejado de las cartografías del mal. Hablo
de mundos, pero hablo de enigmas, de paisajes invisibles, de nómades que
cruzan desiertos íntimos, de
rastreadores de huellas, de aquellos que por todo equipaje no llevan otra cosa
que la intemperie de su propia alma, el hospitalario don de renunciar a ejercer
su autoridad artística sobre los demás para devenir en otro, otro diferente que
yo cuya razón de ser es mi propia conciencia.
Dibujo piedras, grabo
su sombra. Dibujo sombras, oigo el zumbido de sus partículas elementales
alrededor del cero de la nada. Nada más barroco que el aire, nada más sencillo
que la cima de las emociones humanas, un mismo destino para lo efímero, un
mismo hogar para las palabras dibujadas que oyen los ojos cerrados de los
antepasados. Cosas pequeñas, animales que silban en el bosque. A mis grabados
ha traído prestado el poeta sus símbolos, un desconocido ha dejado en mi puerta
una cuchara de azúcar, el sabio me ha rozado con la superstición, el navegante
me ha convidado a su mito. No es gran herencia lo inútil cuando se convierte en
lo imprescindible. Habría de llamarlo memoria, pero lo llamaré poesía en forma
de rosa como el amado Pasolini.
Hago arquitecturas
con los palitos que deja el temporal en las veredas del corazón. Hago líneas
que no están rectas porque desobedecer debe seguir siendo una manera elegante
de protegerse del autoritarismo. Hago manchas como pan amasado por las
pobladoras de la Cruz del Sur. Pinto como quien se abraza a un desaparecido. Lo
demás, siempre habrá tiempo de contarlo cuando el tiempo y este ruido acabe.
El color, he pensado
alguna vez, es la ilusión de un recolector de mitos. En cierta forma puede que
no sea más que el oficio del mar el oficio del azul, ni otro que el rojo el
oficio de las manzanas, como no es el negro sino para la unánime dimensión de
la muerte. Lo trágico no es el ocre amarillo que perdura desde los ritos del
hombre de las cavernas iluminando a las civilizaciones del arco iris, lo
trágico es la ausencia de la luz y la penumbra de las épocas de sus sucesores.
Pongo color donde esta lo sagrado, pigmento donde resucitará la ceniza. Tengo
la misma fe en el verde que en los árboles, semejante alianza con la vibración
mágica de la obsidiana y el negro. Manías elegidas en el cultivo de la contemplación.
Semillas que echan sus raíces en el sueño.
Mi sueño es el sueño
de tu sueño. Se cree o no se cree. Yo creo. Creo que ennoblece mirar las
estrellas, mirar la estrella que cada uno lleva para conjurar los peligros en
la frente, las estrellas que quitan la sed y nos prestan a veces el amor, las
estrellas rojas, las estrellas amarillas, las estrellas que se acercan de
puntillas a los ojos del astrónomo Rosamel. Basta con su luz para ver el punzón
sobre la plancha, para mezclar las tintas, para diferenciar el barro del dolor
de los pigmentos de la felicidad. Nada original, en eso mismo anduvieron los
antiguos persas, los mayas con el guacamayo al hombro, los recolectores de
piñones en las fronteras de la nieve.
Huellas. Diecisiete
años de huellas para volver al mismo sitio que ya nunca será el mismo sitio.
Telas que ahora colgarán en los muro en homenaje a Violeta Parra que duerme a
dos pasos de mi padre bajo la lluvia. Papeles que podrían ser cometas,
volantines alzándose hacia la más transparente de las memorias: la cartografía
de los ángeles ciudadanos, sus ojos invisibles que cuidan las huellas del
mundo.
ALEXANDRA DOMÍNGUEZ
sábado, 13 de diciembre de 2014
LA HUELLA DE LO INVISIBLE
El color, he pensado alguna vez, es la
ilusión de un recolector de mitos. En cierta forma puede que no sea más que el
oficio del mar, el oficio del azul, ni otro que el rojo el oficio de las
manzanas, como no es el negro sino para la unánime dimensión de lo ido. Lo
trágico no es el ocre amarillo que perdura desde los ritos del hombre de las
cavernas iluminando a las civilizaciones del arco iris, lo trágico es la
ausencia de la luz y la penumbra de las épocas de sus sucesores. Pongo color o
palabra donde está lo sagrado, pigmento donde resucitará la ceniza. Tengo la
misma fe en el verde que en los árboles, semejante alianza con la vibración
mágica de la obsidiana y el negro. Manías elegidas en el cultivo de la
contemplación. Semillas que echan sus raíces en el sueño.
Mi sueño es el sueño de tu sueño. Se cree o
no se cree. Yo creo. Creo que ennoblece mirar las estrellas, mirar la estrella
que cada uno lleva para conjurar los peligros en la frente, las estrellas que
quitan la sed y nos prestan a veces el amor, las estrellas rojas, las estrellas
amarillas, las estrellas que se acercan de puntillas a los ojos del astrónomo
de Rosamel. Basta con su luz para ver el punzón sobre la plancha, para mezclar
las tintas, para diferenciar el barro del dolor de los pigmentos de la
felicidad. Nada original, en eso mismo anduvieron los antiguos persas, los
mayas con el guacamayo al hombro, los recolectores de piñones en las fronteras
de la nieve.
Papeles que podrían ser cometas, volantines
alzándose hacia la más transparente de las memorias, la cartografía de los
ángeles ciudadanos, sus ojos invisibles que cuidan las huellas del mundo. Así
de esa forma ; imagen y poesía en el mismo territorio de la elegancia y la
belleza.
Alexandra Domínguez
Alexandra Domínguez
viernes, 21 de noviembre de 2014
Reflexiones poéticas
pintura
El destino. ¿Cuando -me pregunto ahora-, llegó la poesía a mi vida? Yo
vivía “en la ciudad de los lagartos venenosos”, como gusta de llamar a mi
ciudad, Concepción del Nuevo Extremo, el poeta Gonzalo Rojas. Algo extremo debe
haber venido sucediendo allí desde hace mucho tiempo, para que el poeta de “La miseria del Hombre”, se refiera
de ese modo a una ciudad en la que no hay lagartos. Veneno si, ríos de veneno,
lagos de veneno, océanos de veneno. Colibris también, los colibris liban en mi
ciudad el dulce veneno y luego mueren bajo las buganbilias. Un colibrí muerto
bajo las bugambilias se parece, eso sí, a un lagarto venenoso. Todo el mundo
sabe que el color verde es venenoso. No digo más. Yo vivía en una casa de
ladrillos rojos, en lo alto de una
pequeña colina rodeada de árboles. En ese lugar pasé toda mi infancia y
adolescencia, por las noches contemplaba a lo lejos la luces de la ciudad que se extendían por el valle. Mi
ciudad, la ciudad de la que hablo, se levanta en la zona mas austral del mundo,
en el corazón de la araucanía, en el extremo de la Tierra. Los inviernos allí
son largos y fríos por eso que no hay lagartos. Llueve, y cuando deja de llover
vuelve a llover eternamente. Una noche yo vi desde mi casa un verso de Saint
John Perse: “Perdiéndose en los ángulos de las terrazas una reyerta de
relámpagos” Lo que se ve,se ve aunque uno sea ciego. Los relámpagos, el
instante de la iluminación, lo que hace levantar la vista al cielo. Luego la
contemplación de las estrellas fue para mí el más alto amor, nada me conmovía
tanto, nada tampoco me desplazaba fuera de mí como habitar cada noche el misterioso inalcanzable de la Cruz del Sur. Una debería de creer que
fue entonces cuando cambié de casa, pero una sabe que la otra casa, la de
huéspedes que es la de la poesía, no es casa para estar, sino casa para ser, y
yo no era lagarto venenoso sino colibrí en las bugambilias.
Así comienzan a ocurrir las cosas,
las que ocurren y las que nunca suceden pero que una vive tal como si hubieran
sucedido. Luego ocurrió el suceso del violín de mi madre, que era como un
enorme colibrí de madera. Los sábados de otoño, al atardecer, pasaban los evangelistas con sus acordeones, y
algo sobrenatural sucedía súbitamente en mi mundo: mientras el predicador hablaba
al vacío con su altavoz de latón en la mano, se abría en el cielo gris una
grieta y del lejano azul brotaba la geometría del Arco iris. Algún día alguien tendrá que poner nombre a esas cosas. Acaso la palabra inocencia y la palabra
humildad estén a gusto a su lado. Tal vez esa gente que aún hoy recorre las
calles y los caminos mojados de los que no tienen patria en este mundo, los que
le cantan a un dios que nunca han visto y predican en cada esquina de la
pobreza la redención de su derecho a no tener hambre, absortos en su mínima iluminación despreciada por los
grandes reflectores del saber, tampoco se sientan a disgusto sentados a la mesa
de la poesía.
La poesía, la poesía vivía para mí
en los suburbios, en las zonas de peligro de mi realidad, te nombraré pobreza,
te nombraré casa de madera, humo de carbón, pan sin nada. Yo ya no vivía en una casa sobre la colina, sino en una casa
sobre las nubes. Interpreto la cábala de mis días, oigo el bullicio de los
mercados, veo el color de las frutas, toco la papaya amarilla y el durazno
fragante. Ahora el agua hervida sabe a llantén y a boldo, a cedrón y bailahuen,
saben a agüita de luna los días en que una niña comienza a ser mujer.
He contemplado mi vida contemplando la vida de otros,
lo ajeno empezó a conmoverme como única realidad de lo propio. Entonces yo
todavía no suponía que era la poesía el hilo que me vinculaba con la apariencia
de lo distante. La vida otra, no la otra vida, la vida vida, la que anda por la
calle pareciéndose a nosotros, en su humildad y grandeza, en la precariedad y
en el gozo.
Yo no podría decir con Rimbaud: “Una noche senté a la
Belleza en mis rodillas.- Y la encontré amarga.- Y la injurié”. No, yo levante
una noche los ojos hacia las estrellas, y las encontré hermosas, y las alabé.
Ahora la belleza está sentada sobre mis rodillas en los libros que leo, en las
calles de tinta que atraviesan la patria de papel de Jean Nicolas Arthur el
vidente. Los libros en que una vida que no es mi vida enaltece la probabilidad
de bien de mi persona: el arte como salvación, la poesía como indulto ante la
intemperie.
Pasé una temporada en el
infierno. Rimbaud fue el primer
poeta que leí,el primero que conocí, a pesar de que el inmenso bosque de Neruda
que echaba hasta en el aire sus raíces. Pero el poeta maldito llegó antes a mi
adolescencia, entró sin llamar, obligatorio, persuasivo, seductor en la voz del
profesor en las aulas del Liceo Francés. No diré una palabra más sobre ese
hermoso canalla que me cambió con vehemencia la vida. “El dice: No amo a las
mujeres. Hay que reinventar el amor, ya se sabe”. Yo no lo sabía, así que
demasiada suerte la promiscuidad! Tras él llegó el elegante Perse, Alexis St.
Léger Léger: Saint John Perse, la
celebración del mar, la inteligencia de los vientos y los pájaros, el mundo
como texto de una patria universal, el vaticinio, la definitiva hasta hoy mano
del poeta.
Quiero recordar también al Gran Meaulnes, el enigmático personaje de la
novela de Alain Fournier, a él debo el color gris de la melancolía, el amor por
los muchachos extraños que tienen un secreto que nunca descubrirá nadie y que
los hace preciosos a mi corazón, sentados en el último pupitre de una escuela
de provincias. Ellos, los que conocen el árbol donde hace su nido el ángel de
los enigmas, los que coleccionan palabras mágicas que cambian la vida. Mi Gran Meaulnes, vestido de negro,
bajando de la colina de mi casa por la cuesta que conduce al lugar de los
sueños. Tan alto como él era
Nicanor Parra, el hermano de Violeta, que apareció también muy pronto en los
frecuentes relatos de infancia de mi padre, compañero de estudio de ambos en el
Liceo de Chillan. Nicanor y Violeta Parra fueron pronto presencias fervorosas
en la memoria familiar El vínculo con mis antepasados campesinos, la tradición
popular, el mundo rural de la leyendas, el habla mágica de los payadores, el
sencillo cosmos de las arpilleras bordadas con los estambres de la necesidad de
hacer más hermosa la realidad del mundo, de conjurar la miseria con guitarras y
pájaros de colores, abrió ante mi el universo imaginario y posible del arte.
Comencé a pintar, e intenté a parecerme a aquello que le gustaba a mi alma.
Ha pasado el tiempo, he hablado de la
cábala, de los colibris, de la dulce Violeta Parra. Tal vez haya hablado
demasiado de mí, así que ahora diré algo sobre Emily. Emily es el aliento que
siento cerca de mi cuando escribo. Emily es el el aire que respiro cuando me
asfixio. Si la poesía no se llamase poesía, la poesía se haría llamar Emily Dickinson.Fragmentos,poemas inacabados, una ruta directamente hacia ninguna
parte. ¿Acaso no sería esta una hermosa invitación? Eso es todo lo que tenía
que decir sobre Emily, dios me perdone.
Si el poeta es el que
oye, el poeta debe hablar de oídas, es decir, de lo oído, no de lo leído, sino
de lo oído en lo leído. Gonzalo Rojas lo advierte al inicio de uno de sus
libros antológicos, dedicándose “no al lector, sino al oyente”. Leer, lo que se
dice leer, todos hemos leído mucho; ahora bien, oír, lo que se dice oír...
Creo que cuando leemos a un poeta si no lo
oímos es que su voz no existe. Puede haber literatura, puede haber arquitectura
de palabras, puede, cómo no, haber en él originalidad crítica, paisaje de buena
voluntad, partituras de música, raras especies lingüísticas, inalcanzables
emociones semánticas, pero no se oye, no oímos su silencio, su secreto a voces,
su, como diría un poeta más que amigo, “su voz sin boca”.
Yo
oí, por primera vez hace diez años, al desde entonces ya eterno Rafael Pérez Estrada, él fue para mí el
encantamiento, la fe en la alegría, la generosidad de los que hacen de la
siempre aplazada utopía una realidad cotidiana. Y la poesía era entonces eso,anticipación del paraíso,el más absoluto principio de bien que puede
acompañarnos.
Oí también otra tristeza, la voz de Antonio Gamoneda
enfrentada al vacío, discutiéndole a la muerte su derecho al frío, venciendo su
temor con la palabra, descifrándola hasta hacerla inocua. Desde entonces tengo
menos miedo.
Mi vida ha transcurrido entre antepasados.
Mi padre es indisoluble de un tomo de cuentos de Chejov que me regaló a los
diecisiete. Con él puso en mis manos a una multitud anónima con la que comparto
el destino de la condición humana. Nadie vuelve a ser la misma después de leer
a Chejov, nadie soporta de igual manera el tiempo después de demorarse en
Proust.
Alexandra Domínguez
Alexandra Domínguez
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